Un crisol de sangre
En 1919, cuando corrió en las calles de Buenos Aires la sangre de obreros europeos inmigrantes (incluso mujeres y niños, bueno es aclararlo), algunos hijos de la dispersa familia tehuelche y mapuche actuaron como policía brava, sirviendo a ese mismo poder que había consumado, unas décadas antes, el genocidio indígena.
No es una fantasía desmedida pensar que por los adoquines de la avenida Sáenz, en Pompeya -esculpidos con sangre por los confinados Mapuche de Sayhueque- llegó a escurrirse años después otra sangre, también del pueblo, también injustamente derramada.[Mi tatarabuelo Coliman formaba parte del sequito de familiares de Sayhueque,me siento orgullosa de llevar sus genes]
Porque toda la sangre es roja -como escribió un poeta obrero de Chicago- y la tierra, eterna y desmemoriada, no sabe distinguirla.
Fuentealba: el último
Carlos Fuentealba, maestro neuquino, es la última de las víctimas populares de ese insaciable poder, sordo al reclamo de justicia, instalado en las tierras alguna vez expropiadas a Sayhueque y más tarde expropiadas al Estado Argentino.
Las nuevas elites gobernantes -integradas por hijos desclasados y nuevos ricos descendientes de los pobres inmigrantes del '80- hoy son responsables de las nuevas expropiaciones y de los nuevos crímenes.
En la tierra y el agua de un país desmemoriado, se vuelven a fundir y a fusionar las sangres de los luchadores populares caídos.


Me e ganado tu respeto siguiendo mi propio ritmo.
Te has ganado el mío, al permitírmelo .
Hablas dos idiomas uno es la esperanza y el otro la confianza
Teresa Verena Sobrino.