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Una misteriosa aparicion.
CORAZON DE POETA y EL HADA DE TUS SUEÑOS :: Foros de Poesía - Aquí tus Poemas :: CUENTOS, MICRORELATOS Y LEYENDAS
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Una misteriosa aparicion.
Una misteriosa aparición.
– ¡Skarius, sírveme otro whisky triple! – Gritó desde el extremo de una barra un hombre desaliñado y mugriento, totalmente embriagado.
Del otro lado de la barra, un hombre moreno, algo envejecido, con la cabeza llena de canas, bastante fornido, observaba con sus pequeños ojos color café, y con mucha desconfianza, al sujeto que recién había ordenado otra bebida. Su gran bigote blanco ocultó el gesto de desagrado que hizo con su boca al detallar a aquel bandido desaseado, e inmediatamente su expresión cambió a una de ansiedad.
Jasper Skarius encontraba aquel momento realmente inquietante, la presencia de algún cliente ebrio en El cuervo era algo que se veía en raras ocasiones, y que, según su experiencia, era el detonante por excelencia para riñas desastrosas.
– Taurus, ya has bebido demasiado, lárgate de aquí – Le ordenó el cantinero al maloliente borracho.
– ¡Bah! ¡Cierra el pico y DAME MI MALDITO WHISKY! – Bramó aquel sujeto mientras golpeaba la barra con el puño.
Richard Taurus, apesar de estar sumamente borracho, era un tipo con el que bromear era tan peligroso como meter la cabeza en las fauces de un cocodrilo hambriento, un alcohólico orgulloso y violento, que ocultaba detrás de su apariencia y olor desagradable a un asesino a sangre fría. Un sujeto que, de encontrarse en cualquier otro lado, habría sido alguien para tener cuidado.
Pero no en El Cuervo, ahí un sicario como Taurus no amedrentaba a nadie, por el contrario, era él quien tendría que cuidar su cuello del tipo de seres que frecuentaban aquel bar, solamente que no estaba al tanto de aquello.
En el mundo sobrenatural, el antro conocido como El cuervo era el sitio de recreación de algunos de los delincuentes más temibles y buscados, al punto que la mayoría de los soldados del cielo o el infierno ni se atrevían a acercarse. Hasta se corrían rumores de que de vez en cuando entidades con el poder suficiente para diezmar a un ejército completo se pasaban por ahí, probablemente buscando pelea.
Pero el verdadero problema no eran los criminales con un historial empapado de sangre, sino el extremo opuesto: los que recién iniciaban su carrera como delincuentes de las dimensiones espirituales. Los nuevos, jóvenes y sin experiencia siempre tenían osadía de irrespetar e incluso retar a los que frecuentaban mayormente El Cuervo, lo que terminaba con seguridad en muertes espantosas, para los que a Skarius denominaba “mocosos precoces”.
– Vete de una buena vez, no te voy a servir ni un trago más. – Le respondió groseramente el cantinero al consumidor borracho.
La cara de Taurus se ruborizó de inmediato, sus ojos se marcaron y crisparon con la furia de cualquier adicto cuando se le negaba el vicio, se puso en pie de un golpe y sacó de su cintura un revólver negro que apuntó a la cabeza del encargado del bar.
Skarius encontró aquella reacción hilarante, se vio obligado a contener una carcajada para seguir manteniendo la pinta de tipo duro que tácitamente le exigía su trabajo, cualquier señal de debilidad sería un verdadero inconveniente con los clientes que, a su parecer, eran de verdad peligrosos.
El ahora furioso y ebrio Richard Taurus se encontraba apuntando su arma con pulso firme, cosa impresionante considerando la gran cantidad de alcohol que él llevaba en los vasos sanguíneos, el solo hecho que pudiera mantenerse en pie era formidable, pero que pudiera mantener su puntería estando tan borracho era una hazaña.
Desafortunadamente para él, aquello no iba a servirle para nada, su revólver no iba a poder herir a Jasper Skarius, ni al otro 95% de los que frecuentaban El cuervo, desde simples fantasmas hasta seres de alta jerarquía, ninguno de ellos podría ser lastimado por una mera arma mortal empuñada por un alcohólico.
– Deja el maldito escándalo, eres irritante – Le dijo a Taurus un sujeto que no debía pasar de un metro con cincuenta, y que se encontraba sentado al lado de él.
– ¡NO ME CALLARÉ HASTA QUE ME DEN MI BEBIDA! – Vociferó histérico en respuesta Richard, que disparó su arma por error quebrando una botella que no estaba ni cerca del cantinero al que apuntaba.
– Te dije que cerraras la maldita boca, desgraciado – Esta vez la respuesta no fueron palabras solas, sino que aquel enano sacó de la misma nada un cuchillo con una hoja enorme y le cortó la cabeza al bebedor empedernido tan velozmente que ni se percató.
«¡Maldita sea! Odio que vengan humanos acá, terminan ensuciando el lugar al morirse» Pensó enfurecido Skarius, al ver como un gran charco de sangre mezclado con alcohol y los jugos gástricos del occiso se expandía por el suelo.
No es que de verdad a alguien le importara eso, El Cuervo parecía una cueva, a penas iluminado por fibras ópticas de color rojo, lo más probable es que casi nadie se percatara de la mancha, y seguramente aunque la viera ni le interesaría. En aquel antro, moría por lo menos un cliente al día.
Algo que le resultaba desagradable de que un ser humano corriente visitara su bar, es que siempre que lo mataban había un cadáver del cual deshacerse, trabajo que se evitaba cuando el muerto era un vampiro o cualquier otra cosa de ese estilo. En la puerta de El Cuervo había un letrero que rezaba claramente “Los vivos no son bienvenidos acá”, pero parecía que muchos vivos se lo tomaban a broma o como desafío, y terminaban ensuciando el, aunque oscuro, impecable lugar.
Pero, antes de que Jasper se diera la tediosa tarea de deshacerse del cadáver con la esperanza de que ningún otro vivo entrara al Cuervo por al menos cinco años más, se escuchó la campana de la entrada principal abriéndose, y a su vez la inconfundible “marca” espiritual que tanto odiaba el dueño del lugar.
Un silencio se impuso en el antro de inmediato, las miradas de por lo menos la mitad de los delincuentes se incrustaron para detallar con malicia a los nuevos visitantes.
El cantinero sintió como si un gran gargajo de flema helada se le deslizara por la garganta, si el sujeto que recién acababan de matar era un imán de asesinatos y violencia, la persona que a penas entró al Cuervo era capaz de catalizar una matanza.
Una mujer de una belleza difícil de equiparar, su cabello castaño claro le caía con suavidad hasta media espalda, y sus ojos, de una mezcla del verde esmeralda con un amarillo intenso, tenían una mirada difícil de ignorar y todavía más de olvidar. Estaba vestida con ligeras prendas blancas debajo de una cota de malla plateada, las cuales dejaban poco a la imaginación.
Ella se acercó a la barra, caminando con soltura como si aquel antro estuviese completamente vacío, ignorando cómo las miradas se clavaban en su esbelto cuerpo de piel suave y tersa.
«Ahora sí me jodí» Pensó el estresado Jasper.
Muy pocas eran las mujeres que aparecían en El Cuervo, y aquellas que lo hacían es porque eran unas fieras con nervios de acero, o unas perfectas estúpidas. Aunque la mayoría de los bebedores del lugar no poseían siquiera un cuerpo material, seguían sintiendo gran vicio hacia los placeres que se podían obtener con una persona del otro sexo.
Las primeras observaciones maliciosas se transformaron en ojos chispando de perversión, uno que otro acarició sus labios con la lengua, como si estuvieran a punto de hincarle los dientes a un suculento banquete.
«Esta mujer es carne muerta, aunque con suerte se la llevarán y la matarán en otro lado» Fue el único pensamiento de alivio que cruzó la mente de Skarius, que a primera vista no se dio cuenta del acompañante de aquella hermosa fémina.
Un sujeto que hasta aquella taberna tan mala calaña resultaba intimidante, debía medir al menos dos metros y medio, todo su enorme y fornido cuerpo se encontraba protegido por una armadura negra, con espinas blancas por todos lados y cadenas en la parte frontal. Resultaba curioso para algunos –y amenazante para otros– que no se alcanzara a ver siquiera el rostro de aquel gigante, de hecho, no se podía ver absolutamente nada de lo que debería estar debajo de aquella coraza de aspecto amedrentador.
La descabellada corpulencia del “guardaespaldas” de la deseada visitante era tal, que su los tres cuernos en su casco despedazaban el techo del interior del bar. Cada paso que daba retumbaba en todo el antro, mientras una lluvia de pequeños trozos de hormigón blanco señalaban el camino que seguía.
– Dame un champagne por favor – Le dijo con un tono seductor la joven que se sentó en la barra.
– Enseguida – Respondió el camarero que se había quedado absorto observando al gigante que acompañaba a su bella clienta.
Jasper tomó la mejor botella de champagne que tenía en sus estantes, y en una copa de cristal reluciente e impecable sirvió una generosa cantidad del líquido dorado y espumante.
– Ésta va por cortesía de la casa – Dijo Skarius con una leve sonrisa en el rostro, dándole la copa a aquella mujer cuya belleza cada vez lo cautivaba más.
– Gracias, qué amable – Respondió ella guiñándole un ojo con picardía.
Resultó reconfortante que por primera vez en varias décadas un cliente le hubiera agradecido por brindarle una bebida, la mayoría de los delincuentes que frecuentaban El Cuervo eran sumamente maleducados, e intentaban matar al camarero si se demoraba mucho en servirles sus tragos.
– Oye preciosa ¿Qué te trae a un lugar como este? – Dijo una voz carrasposa y grave a la chica que recién empezaba a degustar su bebida.
Jasper reconoció al sujeto de inmediato, Bilen Orfuz era para él la definición de “desagradable”. Un alma fugitiva del infierno, caracterizado por su olor nauseabundo y apariencia repulsiva, su rostro desfigurado iba combinado con sus dientes amarillentos, podridos y llenos de mugre, que quién sabe cuánto tiempo llevaba ahí.
Pero la mujer ni siquiera le prestó atención, se acercó de nuevo la copa a los labios y tomó otro sorbo de la bebida, el cual degustó con bastante optimismo, a pesar de que al lado de ella había un ánima cuyo hedor era espantoso.
– Te hice una pregunta ¿No crees que deberías responderme? – Prosiguió el repulsivo ser, con un tono ahora más agresivo.
El silencio siguió, parecía que la joven ni siquiera sabía que Bilen existía, o que no podía sentir su presencia. Miraba con algo de tontera el brebaje espumoso en la copa a medida que la hacía girar delicadamente, parecía que le gustaba ver cómo las pequeñas burbujas se quedaban pegadas al vidrio reluciente.
– ¡Préstame atención maldita furcia! – Gruñó enfurecido Bilen por la manera en que era ignorado.
El alma errante se dispuso a tomarla del brazo, le iba a enseñar que no se le podía ignorar cuando hablaba.
Pero antes de que sus dedos sucios pudieran tocar la piel de la mujer, la enorme mano del gigante que la acompañaba se ciñó con fuerza en su cuello. El abominable guardaespaldas lo alzó en el aire sin siquiera inmutarse, mientras cada vez apretaba más su tráquea con tal fuerza que se escuchaban claramente pequeños crujidos, mientras Orfuz forcejeaba y gritaba intentando liberarse.
– Styx, por lo general no te pido esto, pero por favor mata rápido a ese imbécil, no lo soporto, huele a entrañas de animales podridos – Dijo con un tono gélido la hermosa mujer, sin siquiera dignarse a quitar la mirada de su copa.
«Styx… ese nombre lo he escuchado, pero no recuerdo dónde» Las memorias de Jasper en su época como mercenario eran escasos, pero su instinto que aún sobrevivía le advertía que sea quien fuere ese sujeto, era en verdad malo.
Tampoco tuvo que deliberar mucho en sus pensamientos. Siguiendo la orden que se le había dado, el enorme guardián apretó con una fuerza titánica el cuello de Bilen, ya seguramente su tráquea se encontraba hecha añicos.
Pero eso no era suficiente, en un instante el cuerpo de Orfuz se inmoló en llamas carmín, suficientemente brillantes para llamar la atención de hasta el último cliente del Cuervo.
Después de un breve instante, no quedaron siquiera cenizas de la apestosa ánima, cualquier cosa que le hubiera hecho Styx, lo había borrado con una eficiencia espeluznante.
La mirada se Jasper se centró en una mesa al fondo, donde un sujeto de cabello largo y rubio se encontraba bebiendo solitario. Era uno de los bebedores más habituales, y también uno de los más peligrosos, un sujeto sin amigos, pero no por ser desagradable, sino porque siempre terminaba asesinándolos.
Zirshe Blader, un vampiro por el cual los ángeles ofrecían recompensas sumamente jugosas por su cabeza, cosa que desde hacía un buen tiempo nadie se molestaba ni en intentar, se decía que él hasta ganó un combate contra un serafín. En doscientos años solamente tres osaron pelear con él, y todos terminaron muertos sin haber transcurrido ni un minuto de combate.
El caminante sacó de su gabán de cuero negro un arma plateada que parecía la mezcla de un revólver con una escopeta, su largo cañón era tan ancho como un brazo, un arma que un ser corriente no sería capaz de utilizar.
Sin siquiera ponerse en pie, Zirshe apuntó aquel extraño y descomunal artefacto directo al gigante Styx, una tenue sonrisa apareció en su rostro, mientras sus ojos rojos brillaron a la vez jaló el gatillo de su arma.
Un ruido casi imperceptible de un chasquido fue la señal para que Jasper se lanzara a cubierto debajo de la barra, en un parpadeo una intensa luz blanca cegó a todos en El Cuervo, seguido de un fuerte ruido de cristales quebrándose.
El poco cabello que tenía Skarius quedó cristalizado, al igual que toda la barra y otro buen pedazo de su bar, todo se había congelado en un santiamén. Al menos la mitad de los concurrentes salieron disparados por la puerta principal, sabían que la disputa recién se iniciaba.
Styx se encontraba encerrado en un enorme ataúd de hielo sólido y transparente, y la mujer a la que seguía estaba completamente intacta por cualquiera hubiera sido el ataque de Zirshe.
– Al menos a mí sí me dirás tu nombre ¿verdad? – Dijo él con una sonrisa sinuosa en el rostro.
– Hiciste que me tuviera que cubrir, te lo mereces, me llamo Natly Afleen – Respondió ella sacándose polvo de encima.
Un sonido gutural y lleno de ira provino de donde estaba el congelado Styx, la madera del suelo empezó a vibrar, cosa que le colocó a Natly una sonrisa maliciosa.
– Lo has hecho enojar… – Dijo ella sentándose en una de las bancas cristalizadas frente a la barra.
El sarcófago de hielo explotó en pedazos, mientras el –ahora muy cabreado– gigante emitió un rugido que retumbó en todo el antro, haciendo temblar las sillas, mesas y hasta quebrando algunas botellas.
Zirshe siguió en silencio, sacó una segunda arma exactamente igual a la que ya tenía en una mano, y con un pulso sólido apuntó a Styx casi al mismo tiempo que jaló del gatillo del arma.
Un relámpago de luz azul salió disparado del cañón del arma, golpeando a la enorme masa de carne que embestía hacia él. Un nubarrón de polvo fino abarrotó el interior del Cuervo, mientras una docena de espectadores se esforzaban por discernir qué ocurría dentro de aquella nube grisácea.
Para Blader no representaba un inconveniente que toda vista se encontrara obstruida en el antro, de hecho resultaba una ventaja para él, como vampiro de alta jerarquía poseía un sexto sentido que era una especie de radar espiritual, podía detectar a cualquier entidad con tal que ésta poseyera un mínimo de presencia en alguna dimensión inmaterial.
Pero aquella capacidad de percepción no le sirvió en nada, a penas percatándose, sintió como una abominable masa sólida lo golpeaba por un costado del tórax. Zirshe salió volando hasta atravesar uno de los muros sólidos del bar, todo por un simple golpe con el dorso del brazo por parte de Styx.
Blader se reincorporó de un salto apenas lastimado, no iban a poder lastimarlo tan fácilmente a punta de puñetazos. Pero a la vez había empezado a preocuparse, aquel tipo había soportado sin un rasguño dos disparos de sus armas, además de que poseía una fuerza formidable, sin embargo, no era eso lo que le preocupaba, sino que nunca se dio cuenta de en qué momento se movió Styx para golpearlo, era comprensible que un ser tan enorme poseyera una fuerza y una defensa temibles, pero no que se moviera tan rápido para engañar a los sentidos.
Los ojos del vampiro se abrieron con sorpresa, cuando en menos de un parpadeo el guardaespaldas se encontraba a escasos centímetro de él, a menos de un segundo de conectarle un golpe demoledor en el estómago.
Un ruido ensordecedor como el de una explosión acompaño a un temblor, el puño de Styx había pulverizado un muro tras haber fallado su ataque.
El veterano Zirshe estaba incrédulo, un sujeto que parecía ser extremadamente lento lo obligó a utilizar su salto de luna para evitar ser alcanzado por ese golpe. Se encontraba jadeando y el sudor le empezó a correr por la frente, no podía utilizar aquel truco para moverse cortas distancias a una velocidad deslumbrante de manera continua, era sumamente agotador, pero sin duda lo salvó de ser dañado seriamente.
Hacía años que Jasper no veía a un vampiro utilizar salto de luna, esos seres eran de verdad reacios a utilizar aquella técnica, aún recordaba la primera vez que, luchando contra uno, vio en qué consistía, por un breve instante se movían tan rápido que parecía que se estuvieran teletransportando, era casi imposible seguirlos con la vista.
– Este maldito gigante resultó tener casi toda cualidad imaginable, no lo puedo creer – Se dijo para si mismo el nosferatu mientras apuntó al mismo tiempo ambas armas hacia Styx.
«Hasta aquí llegó El Cuervo, segundo bar que pierdo» Pensó Skarius mientras reconocía de inmediato lo que iba a hacer el vampiro.
– ¡Gatillo alegre!– Exclamó Blader, seguido del sonido de dos chasquidos metálicos.
– Maldita sea – Dijo con molestia Natly.
Un espectáculo de luces emergió desde ambos cañones metálicos, un centenar de balas de diferentes colores se precipitaron en todas direcciones, como si se tratara de un arma automática de muchos cañones. Los proyectiles iban imbuidos con fuego, hielo, viento, tierra, luz, oscuridad o rayo, la gama de disparos se esparcieron por todo el bar, reduciendo a cenizas todo aquello que se encontraron en su trayectoria.
Después de aquella descarga masiva de metralla El Cuervo estaba sepulcralmente silencioso, seguramente muchos que se quedaron para ver la pelea se arrepintieron, olía a carne y madera calcinadas, y a penas se escuchaban los ruidos de uno que otro escombro golpeando el suelo.
Jasper se encontraba afuera de su local, yendo con un paso acelerado hacia su vehículo para alejarse lo más posible, los ojos llenos de miedo casi se le salían de sus órbitas, por fin se acordó en dónde había escuchado el nombre Styx…
Styxar Semlus, el demonio que representaba a la ira, uno de los nueve emperadores del infierno. Un recuerdo vago por fin se había solidificado, trayendo consigo sorpresa y susto.
Sin embargo, no era por eso por lo que Skarius estaba tan desesperado por irse, un rey del infierno sin lugar a dudas un ser temible, pero lo que lo había asustado era otra cosa. En el instante en que Zirshe descargó por completo sus armas, la hermosa Natly Afleen se lazó detrás de la barra también, en ese momento alcanzó a ver un pendiente que ella cargaba, eso fue lo que lo aterrorizó.
Un rugido lleno de ira emergió de entre unos escombros, el atemorizante sonido se hacía cada vez más intenso, cobraba más fuerza, a la vez que aquellos restos de la edificación empezaban a transformarse en magma.
– ¡DESGRACIADO INSOLENTE, DATE POR MUERTO! – Rugió de una manera escalofriante Styxar, que emergió de entre los escombros, cenizas y roca derretida.
Su armadura se estaba desmoronando, dejando ver un cuerpo hecho de huesos y un líquido ultra viscoso que parecía alquitrán. Un hedor nauseabundo empezó a invadir el local que a penas se mantenía en pie, aquel líquido burbujeaba de una manera espeluznante, cada pequeña bomba que se reventaba soltaba el sonido de un grito desgarrador, de un alma sufriendo.
De la coraza de metal emergió un ser de aspecto intimidante, un cuerpo que asemejaba al de un humano, adornado siniestramente con huesos con forma de picos. Tenía garras afiladas y su cráneo estaba lleno de dientes afilados, a través de las cuencas vacías de sus ojos emergía una neblina roja.
Blader no tuvo tiempo de reaccionar, el rey del infierno se abalanzó contra él con una velocidad sorprendente, ni se dio cuenta de en qué momento aquel demonio destrozó su abdomen, partiendo su cuerpo por la mitad y desparramando trozos quemados de carne, vísceras y sangre evaporada.
Natly Afleen se encontraba fuera de El Cuervo, observaba con algo de molestia el paisaje desolado, el bar de mala calaña se encontraba en una ciudad fantasma, pocos seres vivientes rondaban por ahí, quizás ahuyentados por las historias de tantas apariciones, pero sea cual fuere la razón, a ella no le importaba para nada.
Le molestaba cuando su guardaespaldas se salía de control, hacía honor a su título “El demonio de la ira”, puesto que cuando se enojaba era imparable, y sin embargo, resultaba el sujeto más confiable para protegerla.
– Pobres idiotas del bar… ya deben de estar muertos todos. – Dijo ella dándose media vuelta y empezando a caminar.
Un ruidito metálico le llamó la atención, una cadena que le colgaba del cuello, de plata anormalmente reluciente, con una gema perfectamente esférica de color púrpura en el centro, decorada con seis alas a los lados, tres de color blanco y las otras negras. Se apresuró y la escondió entre sus senos, casi no le gustaba que vieran aquella joya tan hermosa, y por una razón muy especial.
Jasper Skarius aún recordaba la primera vez que vio el collar que cargaba aquella hermosa joven. Hace tanto tiempo que ya ni recordaba los años, cuando tenía otro sitio llamado Sepulkrus, un sujeto de cabello negro y muy largo, vestido completamente de blanco y portando una tiara con tres alas blancas del lado izquierdo en la frente, tenía esa cadena en la muñeca, sus ojos brillaban de exactamente el mismo color que el de la gema en el ornamento.
Un bribón espectro se la arrebató con consecuencias desastrosas, aquel tipo sacó una espada con una hoja de llamas negras, y mató a sangre fría hasta al último ser que se encontrara en ese bar. Nadie pudo siquiera oponer resistencia, el sujeto era irrealmente poderoso, no conforme con eso, le arrancó un brazo sin ningún esfuerzo a Jasper Skarius, y acto seguido con tan solo batir sus cuatro gigantescas alas negras todo el Sepulkrus quedó reducido a escombros.
¿Quién era esa mujer?
¿Por qué uno de los reyes del infierno era su guardaespaldas¿
Y más importante aún para Jasper ¿Qué hacía ella con un ornamento que debió pertenecer al terrible Shamriel Illuznari?
– ¡Skarius, sírveme otro whisky triple! – Gritó desde el extremo de una barra un hombre desaliñado y mugriento, totalmente embriagado.
Del otro lado de la barra, un hombre moreno, algo envejecido, con la cabeza llena de canas, bastante fornido, observaba con sus pequeños ojos color café, y con mucha desconfianza, al sujeto que recién había ordenado otra bebida. Su gran bigote blanco ocultó el gesto de desagrado que hizo con su boca al detallar a aquel bandido desaseado, e inmediatamente su expresión cambió a una de ansiedad.
Jasper Skarius encontraba aquel momento realmente inquietante, la presencia de algún cliente ebrio en El cuervo era algo que se veía en raras ocasiones, y que, según su experiencia, era el detonante por excelencia para riñas desastrosas.
– Taurus, ya has bebido demasiado, lárgate de aquí – Le ordenó el cantinero al maloliente borracho.
– ¡Bah! ¡Cierra el pico y DAME MI MALDITO WHISKY! – Bramó aquel sujeto mientras golpeaba la barra con el puño.
Richard Taurus, apesar de estar sumamente borracho, era un tipo con el que bromear era tan peligroso como meter la cabeza en las fauces de un cocodrilo hambriento, un alcohólico orgulloso y violento, que ocultaba detrás de su apariencia y olor desagradable a un asesino a sangre fría. Un sujeto que, de encontrarse en cualquier otro lado, habría sido alguien para tener cuidado.
Pero no en El Cuervo, ahí un sicario como Taurus no amedrentaba a nadie, por el contrario, era él quien tendría que cuidar su cuello del tipo de seres que frecuentaban aquel bar, solamente que no estaba al tanto de aquello.
En el mundo sobrenatural, el antro conocido como El cuervo era el sitio de recreación de algunos de los delincuentes más temibles y buscados, al punto que la mayoría de los soldados del cielo o el infierno ni se atrevían a acercarse. Hasta se corrían rumores de que de vez en cuando entidades con el poder suficiente para diezmar a un ejército completo se pasaban por ahí, probablemente buscando pelea.
Pero el verdadero problema no eran los criminales con un historial empapado de sangre, sino el extremo opuesto: los que recién iniciaban su carrera como delincuentes de las dimensiones espirituales. Los nuevos, jóvenes y sin experiencia siempre tenían osadía de irrespetar e incluso retar a los que frecuentaban mayormente El Cuervo, lo que terminaba con seguridad en muertes espantosas, para los que a Skarius denominaba “mocosos precoces”.
– Vete de una buena vez, no te voy a servir ni un trago más. – Le respondió groseramente el cantinero al consumidor borracho.
La cara de Taurus se ruborizó de inmediato, sus ojos se marcaron y crisparon con la furia de cualquier adicto cuando se le negaba el vicio, se puso en pie de un golpe y sacó de su cintura un revólver negro que apuntó a la cabeza del encargado del bar.
Skarius encontró aquella reacción hilarante, se vio obligado a contener una carcajada para seguir manteniendo la pinta de tipo duro que tácitamente le exigía su trabajo, cualquier señal de debilidad sería un verdadero inconveniente con los clientes que, a su parecer, eran de verdad peligrosos.
El ahora furioso y ebrio Richard Taurus se encontraba apuntando su arma con pulso firme, cosa impresionante considerando la gran cantidad de alcohol que él llevaba en los vasos sanguíneos, el solo hecho que pudiera mantenerse en pie era formidable, pero que pudiera mantener su puntería estando tan borracho era una hazaña.
Desafortunadamente para él, aquello no iba a servirle para nada, su revólver no iba a poder herir a Jasper Skarius, ni al otro 95% de los que frecuentaban El cuervo, desde simples fantasmas hasta seres de alta jerarquía, ninguno de ellos podría ser lastimado por una mera arma mortal empuñada por un alcohólico.
– Deja el maldito escándalo, eres irritante – Le dijo a Taurus un sujeto que no debía pasar de un metro con cincuenta, y que se encontraba sentado al lado de él.
– ¡NO ME CALLARÉ HASTA QUE ME DEN MI BEBIDA! – Vociferó histérico en respuesta Richard, que disparó su arma por error quebrando una botella que no estaba ni cerca del cantinero al que apuntaba.
– Te dije que cerraras la maldita boca, desgraciado – Esta vez la respuesta no fueron palabras solas, sino que aquel enano sacó de la misma nada un cuchillo con una hoja enorme y le cortó la cabeza al bebedor empedernido tan velozmente que ni se percató.
«¡Maldita sea! Odio que vengan humanos acá, terminan ensuciando el lugar al morirse» Pensó enfurecido Skarius, al ver como un gran charco de sangre mezclado con alcohol y los jugos gástricos del occiso se expandía por el suelo.
No es que de verdad a alguien le importara eso, El Cuervo parecía una cueva, a penas iluminado por fibras ópticas de color rojo, lo más probable es que casi nadie se percatara de la mancha, y seguramente aunque la viera ni le interesaría. En aquel antro, moría por lo menos un cliente al día.
Algo que le resultaba desagradable de que un ser humano corriente visitara su bar, es que siempre que lo mataban había un cadáver del cual deshacerse, trabajo que se evitaba cuando el muerto era un vampiro o cualquier otra cosa de ese estilo. En la puerta de El Cuervo había un letrero que rezaba claramente “Los vivos no son bienvenidos acá”, pero parecía que muchos vivos se lo tomaban a broma o como desafío, y terminaban ensuciando el, aunque oscuro, impecable lugar.
Pero, antes de que Jasper se diera la tediosa tarea de deshacerse del cadáver con la esperanza de que ningún otro vivo entrara al Cuervo por al menos cinco años más, se escuchó la campana de la entrada principal abriéndose, y a su vez la inconfundible “marca” espiritual que tanto odiaba el dueño del lugar.
Un silencio se impuso en el antro de inmediato, las miradas de por lo menos la mitad de los delincuentes se incrustaron para detallar con malicia a los nuevos visitantes.
El cantinero sintió como si un gran gargajo de flema helada se le deslizara por la garganta, si el sujeto que recién acababan de matar era un imán de asesinatos y violencia, la persona que a penas entró al Cuervo era capaz de catalizar una matanza.
Una mujer de una belleza difícil de equiparar, su cabello castaño claro le caía con suavidad hasta media espalda, y sus ojos, de una mezcla del verde esmeralda con un amarillo intenso, tenían una mirada difícil de ignorar y todavía más de olvidar. Estaba vestida con ligeras prendas blancas debajo de una cota de malla plateada, las cuales dejaban poco a la imaginación.
Ella se acercó a la barra, caminando con soltura como si aquel antro estuviese completamente vacío, ignorando cómo las miradas se clavaban en su esbelto cuerpo de piel suave y tersa.
«Ahora sí me jodí» Pensó el estresado Jasper.
Muy pocas eran las mujeres que aparecían en El Cuervo, y aquellas que lo hacían es porque eran unas fieras con nervios de acero, o unas perfectas estúpidas. Aunque la mayoría de los bebedores del lugar no poseían siquiera un cuerpo material, seguían sintiendo gran vicio hacia los placeres que se podían obtener con una persona del otro sexo.
Las primeras observaciones maliciosas se transformaron en ojos chispando de perversión, uno que otro acarició sus labios con la lengua, como si estuvieran a punto de hincarle los dientes a un suculento banquete.
«Esta mujer es carne muerta, aunque con suerte se la llevarán y la matarán en otro lado» Fue el único pensamiento de alivio que cruzó la mente de Skarius, que a primera vista no se dio cuenta del acompañante de aquella hermosa fémina.
Un sujeto que hasta aquella taberna tan mala calaña resultaba intimidante, debía medir al menos dos metros y medio, todo su enorme y fornido cuerpo se encontraba protegido por una armadura negra, con espinas blancas por todos lados y cadenas en la parte frontal. Resultaba curioso para algunos –y amenazante para otros– que no se alcanzara a ver siquiera el rostro de aquel gigante, de hecho, no se podía ver absolutamente nada de lo que debería estar debajo de aquella coraza de aspecto amedrentador.
La descabellada corpulencia del “guardaespaldas” de la deseada visitante era tal, que su los tres cuernos en su casco despedazaban el techo del interior del bar. Cada paso que daba retumbaba en todo el antro, mientras una lluvia de pequeños trozos de hormigón blanco señalaban el camino que seguía.
– Dame un champagne por favor – Le dijo con un tono seductor la joven que se sentó en la barra.
– Enseguida – Respondió el camarero que se había quedado absorto observando al gigante que acompañaba a su bella clienta.
Jasper tomó la mejor botella de champagne que tenía en sus estantes, y en una copa de cristal reluciente e impecable sirvió una generosa cantidad del líquido dorado y espumante.
– Ésta va por cortesía de la casa – Dijo Skarius con una leve sonrisa en el rostro, dándole la copa a aquella mujer cuya belleza cada vez lo cautivaba más.
– Gracias, qué amable – Respondió ella guiñándole un ojo con picardía.
Resultó reconfortante que por primera vez en varias décadas un cliente le hubiera agradecido por brindarle una bebida, la mayoría de los delincuentes que frecuentaban El Cuervo eran sumamente maleducados, e intentaban matar al camarero si se demoraba mucho en servirles sus tragos.
– Oye preciosa ¿Qué te trae a un lugar como este? – Dijo una voz carrasposa y grave a la chica que recién empezaba a degustar su bebida.
Jasper reconoció al sujeto de inmediato, Bilen Orfuz era para él la definición de “desagradable”. Un alma fugitiva del infierno, caracterizado por su olor nauseabundo y apariencia repulsiva, su rostro desfigurado iba combinado con sus dientes amarillentos, podridos y llenos de mugre, que quién sabe cuánto tiempo llevaba ahí.
Pero la mujer ni siquiera le prestó atención, se acercó de nuevo la copa a los labios y tomó otro sorbo de la bebida, el cual degustó con bastante optimismo, a pesar de que al lado de ella había un ánima cuyo hedor era espantoso.
– Te hice una pregunta ¿No crees que deberías responderme? – Prosiguió el repulsivo ser, con un tono ahora más agresivo.
El silencio siguió, parecía que la joven ni siquiera sabía que Bilen existía, o que no podía sentir su presencia. Miraba con algo de tontera el brebaje espumoso en la copa a medida que la hacía girar delicadamente, parecía que le gustaba ver cómo las pequeñas burbujas se quedaban pegadas al vidrio reluciente.
– ¡Préstame atención maldita furcia! – Gruñó enfurecido Bilen por la manera en que era ignorado.
El alma errante se dispuso a tomarla del brazo, le iba a enseñar que no se le podía ignorar cuando hablaba.
Pero antes de que sus dedos sucios pudieran tocar la piel de la mujer, la enorme mano del gigante que la acompañaba se ciñó con fuerza en su cuello. El abominable guardaespaldas lo alzó en el aire sin siquiera inmutarse, mientras cada vez apretaba más su tráquea con tal fuerza que se escuchaban claramente pequeños crujidos, mientras Orfuz forcejeaba y gritaba intentando liberarse.
– Styx, por lo general no te pido esto, pero por favor mata rápido a ese imbécil, no lo soporto, huele a entrañas de animales podridos – Dijo con un tono gélido la hermosa mujer, sin siquiera dignarse a quitar la mirada de su copa.
«Styx… ese nombre lo he escuchado, pero no recuerdo dónde» Las memorias de Jasper en su época como mercenario eran escasos, pero su instinto que aún sobrevivía le advertía que sea quien fuere ese sujeto, era en verdad malo.
Tampoco tuvo que deliberar mucho en sus pensamientos. Siguiendo la orden que se le había dado, el enorme guardián apretó con una fuerza titánica el cuello de Bilen, ya seguramente su tráquea se encontraba hecha añicos.
Pero eso no era suficiente, en un instante el cuerpo de Orfuz se inmoló en llamas carmín, suficientemente brillantes para llamar la atención de hasta el último cliente del Cuervo.
Después de un breve instante, no quedaron siquiera cenizas de la apestosa ánima, cualquier cosa que le hubiera hecho Styx, lo había borrado con una eficiencia espeluznante.
La mirada se Jasper se centró en una mesa al fondo, donde un sujeto de cabello largo y rubio se encontraba bebiendo solitario. Era uno de los bebedores más habituales, y también uno de los más peligrosos, un sujeto sin amigos, pero no por ser desagradable, sino porque siempre terminaba asesinándolos.
Zirshe Blader, un vampiro por el cual los ángeles ofrecían recompensas sumamente jugosas por su cabeza, cosa que desde hacía un buen tiempo nadie se molestaba ni en intentar, se decía que él hasta ganó un combate contra un serafín. En doscientos años solamente tres osaron pelear con él, y todos terminaron muertos sin haber transcurrido ni un minuto de combate.
El caminante sacó de su gabán de cuero negro un arma plateada que parecía la mezcla de un revólver con una escopeta, su largo cañón era tan ancho como un brazo, un arma que un ser corriente no sería capaz de utilizar.
Sin siquiera ponerse en pie, Zirshe apuntó aquel extraño y descomunal artefacto directo al gigante Styx, una tenue sonrisa apareció en su rostro, mientras sus ojos rojos brillaron a la vez jaló el gatillo de su arma.
Un ruido casi imperceptible de un chasquido fue la señal para que Jasper se lanzara a cubierto debajo de la barra, en un parpadeo una intensa luz blanca cegó a todos en El Cuervo, seguido de un fuerte ruido de cristales quebrándose.
El poco cabello que tenía Skarius quedó cristalizado, al igual que toda la barra y otro buen pedazo de su bar, todo se había congelado en un santiamén. Al menos la mitad de los concurrentes salieron disparados por la puerta principal, sabían que la disputa recién se iniciaba.
Styx se encontraba encerrado en un enorme ataúd de hielo sólido y transparente, y la mujer a la que seguía estaba completamente intacta por cualquiera hubiera sido el ataque de Zirshe.
– Al menos a mí sí me dirás tu nombre ¿verdad? – Dijo él con una sonrisa sinuosa en el rostro.
– Hiciste que me tuviera que cubrir, te lo mereces, me llamo Natly Afleen – Respondió ella sacándose polvo de encima.
Un sonido gutural y lleno de ira provino de donde estaba el congelado Styx, la madera del suelo empezó a vibrar, cosa que le colocó a Natly una sonrisa maliciosa.
– Lo has hecho enojar… – Dijo ella sentándose en una de las bancas cristalizadas frente a la barra.
El sarcófago de hielo explotó en pedazos, mientras el –ahora muy cabreado– gigante emitió un rugido que retumbó en todo el antro, haciendo temblar las sillas, mesas y hasta quebrando algunas botellas.
Zirshe siguió en silencio, sacó una segunda arma exactamente igual a la que ya tenía en una mano, y con un pulso sólido apuntó a Styx casi al mismo tiempo que jaló del gatillo del arma.
Un relámpago de luz azul salió disparado del cañón del arma, golpeando a la enorme masa de carne que embestía hacia él. Un nubarrón de polvo fino abarrotó el interior del Cuervo, mientras una docena de espectadores se esforzaban por discernir qué ocurría dentro de aquella nube grisácea.
Para Blader no representaba un inconveniente que toda vista se encontrara obstruida en el antro, de hecho resultaba una ventaja para él, como vampiro de alta jerarquía poseía un sexto sentido que era una especie de radar espiritual, podía detectar a cualquier entidad con tal que ésta poseyera un mínimo de presencia en alguna dimensión inmaterial.
Pero aquella capacidad de percepción no le sirvió en nada, a penas percatándose, sintió como una abominable masa sólida lo golpeaba por un costado del tórax. Zirshe salió volando hasta atravesar uno de los muros sólidos del bar, todo por un simple golpe con el dorso del brazo por parte de Styx.
Blader se reincorporó de un salto apenas lastimado, no iban a poder lastimarlo tan fácilmente a punta de puñetazos. Pero a la vez había empezado a preocuparse, aquel tipo había soportado sin un rasguño dos disparos de sus armas, además de que poseía una fuerza formidable, sin embargo, no era eso lo que le preocupaba, sino que nunca se dio cuenta de en qué momento se movió Styx para golpearlo, era comprensible que un ser tan enorme poseyera una fuerza y una defensa temibles, pero no que se moviera tan rápido para engañar a los sentidos.
Los ojos del vampiro se abrieron con sorpresa, cuando en menos de un parpadeo el guardaespaldas se encontraba a escasos centímetro de él, a menos de un segundo de conectarle un golpe demoledor en el estómago.
Un ruido ensordecedor como el de una explosión acompaño a un temblor, el puño de Styx había pulverizado un muro tras haber fallado su ataque.
El veterano Zirshe estaba incrédulo, un sujeto que parecía ser extremadamente lento lo obligó a utilizar su salto de luna para evitar ser alcanzado por ese golpe. Se encontraba jadeando y el sudor le empezó a correr por la frente, no podía utilizar aquel truco para moverse cortas distancias a una velocidad deslumbrante de manera continua, era sumamente agotador, pero sin duda lo salvó de ser dañado seriamente.
Hacía años que Jasper no veía a un vampiro utilizar salto de luna, esos seres eran de verdad reacios a utilizar aquella técnica, aún recordaba la primera vez que, luchando contra uno, vio en qué consistía, por un breve instante se movían tan rápido que parecía que se estuvieran teletransportando, era casi imposible seguirlos con la vista.
– Este maldito gigante resultó tener casi toda cualidad imaginable, no lo puedo creer – Se dijo para si mismo el nosferatu mientras apuntó al mismo tiempo ambas armas hacia Styx.
«Hasta aquí llegó El Cuervo, segundo bar que pierdo» Pensó Skarius mientras reconocía de inmediato lo que iba a hacer el vampiro.
– ¡Gatillo alegre!– Exclamó Blader, seguido del sonido de dos chasquidos metálicos.
– Maldita sea – Dijo con molestia Natly.
Un espectáculo de luces emergió desde ambos cañones metálicos, un centenar de balas de diferentes colores se precipitaron en todas direcciones, como si se tratara de un arma automática de muchos cañones. Los proyectiles iban imbuidos con fuego, hielo, viento, tierra, luz, oscuridad o rayo, la gama de disparos se esparcieron por todo el bar, reduciendo a cenizas todo aquello que se encontraron en su trayectoria.
Después de aquella descarga masiva de metralla El Cuervo estaba sepulcralmente silencioso, seguramente muchos que se quedaron para ver la pelea se arrepintieron, olía a carne y madera calcinadas, y a penas se escuchaban los ruidos de uno que otro escombro golpeando el suelo.
Jasper se encontraba afuera de su local, yendo con un paso acelerado hacia su vehículo para alejarse lo más posible, los ojos llenos de miedo casi se le salían de sus órbitas, por fin se acordó en dónde había escuchado el nombre Styx…
Styxar Semlus, el demonio que representaba a la ira, uno de los nueve emperadores del infierno. Un recuerdo vago por fin se había solidificado, trayendo consigo sorpresa y susto.
Sin embargo, no era por eso por lo que Skarius estaba tan desesperado por irse, un rey del infierno sin lugar a dudas un ser temible, pero lo que lo había asustado era otra cosa. En el instante en que Zirshe descargó por completo sus armas, la hermosa Natly Afleen se lazó detrás de la barra también, en ese momento alcanzó a ver un pendiente que ella cargaba, eso fue lo que lo aterrorizó.
Un rugido lleno de ira emergió de entre unos escombros, el atemorizante sonido se hacía cada vez más intenso, cobraba más fuerza, a la vez que aquellos restos de la edificación empezaban a transformarse en magma.
– ¡DESGRACIADO INSOLENTE, DATE POR MUERTO! – Rugió de una manera escalofriante Styxar, que emergió de entre los escombros, cenizas y roca derretida.
Su armadura se estaba desmoronando, dejando ver un cuerpo hecho de huesos y un líquido ultra viscoso que parecía alquitrán. Un hedor nauseabundo empezó a invadir el local que a penas se mantenía en pie, aquel líquido burbujeaba de una manera espeluznante, cada pequeña bomba que se reventaba soltaba el sonido de un grito desgarrador, de un alma sufriendo.
De la coraza de metal emergió un ser de aspecto intimidante, un cuerpo que asemejaba al de un humano, adornado siniestramente con huesos con forma de picos. Tenía garras afiladas y su cráneo estaba lleno de dientes afilados, a través de las cuencas vacías de sus ojos emergía una neblina roja.
Blader no tuvo tiempo de reaccionar, el rey del infierno se abalanzó contra él con una velocidad sorprendente, ni se dio cuenta de en qué momento aquel demonio destrozó su abdomen, partiendo su cuerpo por la mitad y desparramando trozos quemados de carne, vísceras y sangre evaporada.
Natly Afleen se encontraba fuera de El Cuervo, observaba con algo de molestia el paisaje desolado, el bar de mala calaña se encontraba en una ciudad fantasma, pocos seres vivientes rondaban por ahí, quizás ahuyentados por las historias de tantas apariciones, pero sea cual fuere la razón, a ella no le importaba para nada.
Le molestaba cuando su guardaespaldas se salía de control, hacía honor a su título “El demonio de la ira”, puesto que cuando se enojaba era imparable, y sin embargo, resultaba el sujeto más confiable para protegerla.
– Pobres idiotas del bar… ya deben de estar muertos todos. – Dijo ella dándose media vuelta y empezando a caminar.
Un ruidito metálico le llamó la atención, una cadena que le colgaba del cuello, de plata anormalmente reluciente, con una gema perfectamente esférica de color púrpura en el centro, decorada con seis alas a los lados, tres de color blanco y las otras negras. Se apresuró y la escondió entre sus senos, casi no le gustaba que vieran aquella joya tan hermosa, y por una razón muy especial.
Jasper Skarius aún recordaba la primera vez que vio el collar que cargaba aquella hermosa joven. Hace tanto tiempo que ya ni recordaba los años, cuando tenía otro sitio llamado Sepulkrus, un sujeto de cabello negro y muy largo, vestido completamente de blanco y portando una tiara con tres alas blancas del lado izquierdo en la frente, tenía esa cadena en la muñeca, sus ojos brillaban de exactamente el mismo color que el de la gema en el ornamento.
Un bribón espectro se la arrebató con consecuencias desastrosas, aquel tipo sacó una espada con una hoja de llamas negras, y mató a sangre fría hasta al último ser que se encontrara en ese bar. Nadie pudo siquiera oponer resistencia, el sujeto era irrealmente poderoso, no conforme con eso, le arrancó un brazo sin ningún esfuerzo a Jasper Skarius, y acto seguido con tan solo batir sus cuatro gigantescas alas negras todo el Sepulkrus quedó reducido a escombros.
¿Quién era esa mujer?
¿Por qué uno de los reyes del infierno era su guardaespaldas¿
Y más importante aún para Jasper ¿Qué hacía ella con un ornamento que debió pertenecer al terrible Shamriel Illuznari?

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Re: Una misteriosa aparicion.
Misteriosa e interesante esta aparición que nos compartes
compañero, es un placer leerte, me gustó todo el escrito y
la secuencia es muy buena, una narración estupenda.
Mis felicitaciones.
compañero, es un placer leerte, me gustó todo el escrito y
la secuencia es muy buena, una narración estupenda.
Mis felicitaciones.



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